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Santa Teresa del Niño Jesús
Misión y Contemplación

Homilía del P. General en la celebración eucarística del 1º de octubre, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de la Misiones, en la que asumió el cargo el nuevo Consejo General

Fotos: Sebastian Mattappallil, svd
Niels B. Johansen, svd

Queridos Cohermanos,

Siento la llamada a ser un apóstol. Quisiera viajar por todo el mundo haciendo conocer tu nombre y plantando tu cruz en tierra pagana. Pero no estaría contenta con una misión particular. Quisiera predicar el Evangelio en los cinco continentes y en las islas más remotas. Pero incluso esto no sería suficiente. Quisiera ser misionera, no sólo por unos pocos años, sino desde el comienzo de la creación hasta el fin de los tiempos.

Estas palabras son de la santa cuya fiesta hoy celebramos, Santa Teresa del Niño Jesús. Como todos sabemos, el 14 de diciembre de 1927, Santa Teresa del Niño Jesús y San Francisco Javier fueron declarados por el Papa Pío XI patronos del trabajo misionero de la Iglesia. La elección de San Francisco Javier es bastante obvia. Su incansable trabajo en la evangelización en la India, Japón, las Molucas y sus sueños por llegar a la China lo hacen uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia. No tan obvia es la elección de Santa Teresa del Niño Jesús. Monja carmelita desde los quince años, vivió una vida oculta de oración y contemplación y jamás dejó su convento de Lisieux. Pero esta frágil monja poseía el ardiente deseo de ser misionera y estaba apasionadamente preocupada por el trabajo de evangelización de la Iglesia. Más adelante escribió: “Ya que no puedo ser una misionera activa, deseo ser una misionera de amor y penitencia”

El Papa Juan Pablo II en su discurso del 19 de octubre de 1997, proclamando a Santa Teresita doctora de la Iglesia dice:

Santa Teresa… ardientemente deseó ser misionera. Sí lo fue, hasta el punto de que pudo ser proclamada patrona de las misiones. Jesús mismo le mostró cómo podía vivir esta vocación: Practicando plenamente el mandamiento del amor estaría inmersa en el mismo corazón de la misión de la Iglesia, apoyando a aquellos que proclaman el evangelio con el misterioso poder de la oración y de la comunión.

En cierto sentido, por tanto, los dos patrones de las misiones subrayan las dos dimensiones esenciales de la tarea de evangelización de la Iglesia: la dimensión de la acción y el trabajo (representada por San Francisco Javier) y la dimensión de la oración y la contemplación (tipificada por Santa Teresa del Niño Jesús). Así, aunque la misión entraña una serie de actividades, es, sin embargo, una tarea profundamente contemplativa. De hecho, trabajo misionero y oración contemplativa se implican mutuamente.

Por otro lado, la misión implica la contemplación. Esto es así especialmente cuando entendemos que la misión tiene su origen en el Dios Trino. Si el origen de la misión es el Dios Trino, entonces nuestra participación en la misión es un encuentro con el misterio, el misterio del Dios Trino que llama a toda la humanidad a compartir su vida y su gloria, el misterio del plan salvífico de Dios para el mundo. El misterio de la presencia y la acción de Cristo y el Espíritu en el mundo. Así, el primer desafío de la misión es buscar, discernir y fortalecer la presencia de Cristo y la acción del Espíritu en el mundo. Pero sería imposible discernirlo si no nos acercamos a la misión desde la contemplación. Porque contemplar es precisamente mirar, escuchar, aprender, discernir, responder, colaborar. Si nuestra misión es una llamada para colaborar con la misión del Dios Trino, entonces el primer requerimiento de la misión es ponernos a nosotros mismos en sintonía con Dios, descubrir su voluntad, y actuar para llevar a cabo sus designios para nuestro mundo. Pero será imposible ponernos en sintonía con la voluntad de Dios si no asumimos la misión desde la contemplación. Contemplación es precisamente entrar en el mundo de Dios y aprender a ver el mundo tal y como él love.

Por otro lado, la contemplación implica la misión. Porque la contemplación entraña no sólo un “momento ascendente” de oración, de meditación y de adoración, sino también un “momento descendente” de mirar al mundo con los ojos de Dios. Y es sólo desde la perspectiva del mundo más grande de Dios desde donde podemos ver lo mucho que el mundo necesita redención, liberación y salvación.. Sólo desde la perspectiva del mundo más grande de Dios podemos ver lo mucho que el mundo sufre, la mucha gente que pasa hambre y todos los niños que mueren. Sólo desde esta perspectiva podemos ver lo mucho que el mundo necesita de la misión. De hecho, sin este “momento descendente” la contemplación parecería ser una evasión de la realidad y un escape del mundo concreto. Sólo la contemplación que va directamente a la misión es un contemplación que consigue un círculo perfecto. Y sólo esta clase de silencio puede decir una palabra de esperanza para nuestro mundo. Porque sólo un silencio que abarca las penas y los temores de los silenciados y las esperanzas y aspiraciones de los sin voz, puede decir una palabra de esperanza al mundo de hoy.

Qué diferente sería nuestro mundo si la gente aprendiera a ver el mundo con los ojos de Dios. Con la mirada de Dios, los enemigos se convertirían en amigos, las vallas de separación se convertirían en puertas abiertas, los extraños serían hermanos y hermanas, las fronteras serían puentes, la diversidad no nos llevaría a diferencias sino a la unidad. De hecho, sólo si la gente aprende a ver el mundo con los ojos de Dios nuestra misión podrá dar fruto.

Sin embargo, en ultimo término, aprender a ver el mundo con los ojos de Dios requiere un crecimiento en unión con el mismo Jesús. Santa Teresita, escribiendo su experiencia mística cuando recibió su primera comunión, dijo: “Sabía que era amada (…) Ahora no era una cuestión de apariencias, algo se había fundido y ya no éramos dos: Teresa había simplemente desaparecido, como una gota de agua en el océano, sólo quedaba Jesús, mi Maestro, mi Rey.” Esto es reflejo de una declaración de San Pablo, el más grande misionero, en su carta a los Gálatas: “Estoy crucificado con Cristo, sin embargo vivo, pero no soy yo, sino Cristo el que vive en mí.” (Gal 2, 20) A fin de cuentas, la conversión primaria que debe suceder es la del misionero mismo. Como lo dijo San José Freinademetz: “La mayor tarea del misionero es la transformación de su propio interior.”

Queridos cohermanos, es auspicioso que el nuevo consejo general comience su mandato en la fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús. Porque parte del mandato que recibimos del capítulo general que nos eligió es “Vivir el Diálogo Profético”, esto es, el mandato de promover la vida desde nuestra misión, o el mandato de fomentar la conciencia de que no es sólo un trabajo que hacemos sino la vida que vivimos. Esto es lo que Santa Teresa nos mostró y por lo que ella es la patrona de las misiones. Que ella nos ayude a cumplir este mandato. Que la Beata Maria Elena y nuestros Beatos Mártires intercedan por nosotros. Que nos guíen San Arnoldo y San José.

Fraternalmente en el Verbo Divino,

Antonio M. Pernia, SVD
Superior General