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Nochebuena 2020, P. Paulus Budi Kledin, SVD

Homilía de Nochebuena
del Padre Budi Kleden

¡Navidad! El Señor nace como un niño, el Altísimo se hace pequeño, el Santísimo entra en el mundo de los pecadores. ¡Cuántas paradojas encontramos en la Navidad! Sí, la Navidad revela las paradojas de nuestra fe. Reflexionando sobre las lecturas de hoy, me gustaría destacar tres de ellas, y para cada una propondré una virtud que puede ayudar para vivir estas paradojas.

La primera es: luz y oscuridad. La primera lectura comienza con las siguientes palabras: «El pueblo que caminaba en la noche divisó una luz grande; habitaban el oscuro país de la muerte, pero fueron iluminados». El nacimiento del Señor brilla como una luz para nuestro camino tanto como individuos, comunidad, Congregación, Iglesia y como familia humana. Es realmente una gran luz cuando se rompe el yugo, el yugo de nuestras propias debilidades, del sufrimiento de muchas personas causado por la arrogancia de otros, el yugo provocado por una crisis global como la que estamos experimentando ya desde hace dos años. De hecho, una gran luz brilla en la oscuridad de nuestro camino, cuando se nos quita el peso de nuestros hombros, el peso de nuestros fracasos y errores del pasado, el yugo de la dura e inesperada carga de las responsabilidades que hemos aceptado, el yugo de los escándalos en la Iglesia. Pero la Navidad también nos enseña que esta luz no desecha totalmente toda la oscuridad. La presencia del Señor no hace que todas las situaciones sombrías desaparezcan de nuestra vida. Por el contrario, esta luz revela los lugares oscuros en nuestro camino. El ángel proclama que este niño es el Emmanuel, el Señor con nosotros. Y, sin embargo, ¿con qué frecuencia nos encontramos en situaciones en las que nos preguntamos: ¿dónde está Dios? En aquellos momentos, nos sentimos abandonados y olvidados por el Señor. La Navidad nos manifiesta que el Señor está y dice continuamente: aquí estoy. Pero, ¿cuántas veces lo buscamos sin poder ver su rostro ni escuchar su voz?
Esta es la santa paradoja del Señor, y para vivirla necesitamos ser humildes. Nuestra fe no garantiza que todo sea quieto y sencillo. El Señor está allí en la luz y en las tinieblas. Nuestra fe navideña nos recuerda que todavía estamos en camino, y en este camino, experimentamos los momentos de luz y también situaciones de oscuridad. Por lo tanto, la humildad cristiana está en contra del triunfalismo religioso que pretende dar respuesta a todas las preguntas de las personas.

La segunda paradoja es la grandeza y la simplicidad. El Evangelio nos dice que el ángel dijo a los pastores: «hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor. Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El Señor es grande, y su grandeza es la garantía de nuestra seguridad. Aun así, esta grandeza se hizo visible en un hijo de una familia migrante, un niño que incorpora todos los signos de fragilidad. La grandeza del Señor es la promesa de su abundancia, pero en Belén esta grandeza se presenta en la pobreza. La Navidad nos invita a ver y reconocer la grandeza en todas las personas, incluidos los pobres y marginados, y en todos los eventos, especialmente en aquellos que parecen insignificantes. Pero la Navidad también nos muestra que nuestro Dios es él mismo un Dios sencillo. El Señor, de toda la eternidad, se hace pequeño, porque es amor, y la esencia del amor es la sencillez, la capacidad de hacerse pequeño por el bien de los demás.
Para vivir esta paradoja de la fe necesitamos ser valientes. Necesitamos el coraje de hacer lo que Dios hace, vaciándonos, saliendo del afán de la grandeza, de los espacios y situaciones donde nos sentimos grandes, seguros y cómodos, para llegar a los demás. El coraje significa esta disposición a asumir todos los riesgos, para que los demás, especialmente los pequeños y simples, puedan vivir.

La tercera paradoja es el Divino y lo profano. San Pablo en su carta a Tito escribe: «la generosidad del Dios Salvador acaba de manifestarse a todos los hombres». El nacimiento de Jesús nos demuestra que el Señor no ha creado una historia fuera de la historia de la humanidad, la gracia no es una realidad ajena al mundo. El Señor entró en nuestra historia, lo Divino penetra en el mundo, para transformarlo desde adentro. Nuestro mundo profano es el lugar del Señor, el lugar para encontrarlo y comprometernos con él. Somos tan especiales a los ojos del Señor que el decidió hacerse uno de nosotros. Por eso, dedicarnos a promover esta palabra es nuestra misión, y nuestra vocación es ser plenamente humanos en todas las dimensiones. Como el Señor mismo, abracemos este mundo y a la humanidad, y con el Señor transformemos el mundo y la humanidad.
En esta paradoja de la fe, es importante vivir en solidaridad. En efecto, vivir la solidaridad significa: mostrar nuestra cercanía y comunión con los demás, caminar juntos, apoyarnos unos a otros para vivir de forma más humana, animarnos unos a otros.

Pidamos al niño Jesús sus bendiciones, para que seamos cada vez más humildes, valientes y solidarios con los demás.


Collegio del Verbo Divino, Roma,
Diciembre 24, 2021